Ouça e leia – “Viaje de regreso” de Carlos Castán

“No basta el recuerdo cuando aún queda tiempo”

L. Cernuda

Poco después de ponerse el tren en marcha la vi con la cabeza apoyada contra el paisaje veloz. El impulso primario fue extender el periódico y esconderme ahí, tras el papel

con las noticias que ya no iba a leer, noticias ya lejanas, como de otro mundo, desprovistas de repente de su posible relevancia. Marta.

Y con ella, con esos gestos que creía olvidados, esa tristeza tan antigua, esa manera de mover las manos, me vino a la mente toda una época que bien podría haber sido dorada. Pero cada vez que recuerdo aquel tiempo de la vida por delante y largas horas de instituto, ese tiempo de Marta y los cafés a la salida de clase, libros por leer y sábados en los que desembarcar con el cuchillo entre los dientes; cada vez que vuelvo a todo eso termino descubriendo, bajo una superficie dulce de juventud y bullicio, el dolor de heridas que quedaron por cerrar, a la intemperie, convertidas hoy, tras el paso de los años, en sombras donde la memoria no quiere detenerse y recoge sólo de ellas, en su sobrevuelo, la inquietud que despiden, el confuso eco de su queja. A veces son recuerdos como ruidos en la escalera.

Oculto tras el periódico, escuchándola hablar de vez en cuando con la señora o con los niños que viajaban con ella, reviví rostros de amigos cuyos nombres creía olvidados, habitantes de ese tiempo en que despertábamos a un mundo asombroso que, excitante y cruel, tiraba ya de nosotros; y recordé las aulas destartaladas, el olor del proyector sobrecalentado con el que nos pasaban diapositivas de arte los lunes a última hora de la tarde, mientras en la calle, en invierno, se iban encendiendo ya las primeras farolas y rótulos y los autobuses rugían bajo las ventanas, cargados de historias, camino del centro; esos autobuses que casi nunca tomábamos pero que estaban ahí, como salvación, como promesa, y que a cambio de unas pocas monedas traspasarían iluminados, con nosotros a bordo, los límites de lo conocido, el estrecho escenario de nuestra vida de entonces.

La primera vez que vi a Marta fue una vez muy larga, como cinco o seis horas sin dejar de mirarla. Fue el primer día de curso en el instituto al que yo había llegado nuevo, con esa turbación y desaliento de los recién aterrizados en un medio tan ruidoso como desconocido. Ella ya conocía a casi todo el mundo, así que iba saludando gente a diestro y siniestro, y se reía; mientras yo, desde el otro extremo del aula, miraba su pelo rubio derramarse, esos ojos de ángel, la boca en continuo movimiento, ya fuera por las palabras o por el chicle de fresa que mascaba sin cesar. Luego se sentó en una mesa junto a uno de los radiadores y sacó su plumier como de niña y una carpeta forrada con fotos de James Dean. Desde ahí, iba recorriendo con la vista toda la clase, a izquierda y derecha, una y otra vez, como buscando algo, como si antes de que sonara el timbre del mediodía tuviese que haber elegido un destino, su próxima aventura, un alma sobre la que doler. El reto para mí era, por encima del rubor y la sangre revuelta, sostenerle la mirada, que fuera ella quien bajase primero los ojos o girase la cabeza hacia otro lado.

Al terminar las clases yo solía enfilar por la calle Puerto Rico hacia Concha Espina camino de la parada del 43. Un día, ella me alcanzó; venía, como siempre, acompañada de su hermana de un curso menos que el nuestro, una chica a la que se adivinaba guapa por debajo de la timidez y de unas grandes gafas redondas, y que casi siempre asistía callada y sonriente, aprendiz indecisa, a los nerviosos despliegues de Marta, Marta aquí y allá, con éste y con aquél, ahora una carcajada, de flor en flor, una broma, un beso en el aire, ahora la melena vuela de golpe hacia atrás. Me alcanzó y me dijo “siempre tan solo, siempre como triste”, y estuvimos hablando, ya se sabe, de todo y de nada, hasta que ellas se desviaron hacia su casa. Muchos días hice el mismo recorrido mirando hacia atrás disimuladamente, esperando a ser alcanzado por ellas, todo lo despacio que se puede andar, demorándome en cada escaparate, pero no recuerdo que volviera a suceder, o iban en grupo con muchás gente, o se detenían en cualquier corro o a última hora cambiaban de acera. (…)
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Ponerse en marcha começar a andar Olvidada esquecida Largas longas
Cuchillo faca Bullicio barulho, agitação Paso passagem
Recoger recolher, pegar Queja queixa Escalera escada
Aula sala de aula Destartalado desengonçado Sobrecalentado superaquecido
Mientras enquanto Farola poste de luz Rótulo letreiro
Autobús ônibus Ventana janela A cambio em troca
Turbación confusão Desaliento desânimo A diestro y siniestro a torto e a direito
Plumier estojo Carpeta pasta Sostener la mirada olho no olho
Hacía em direção a Solía costumava Carcajada gargalhada
Escaparate vitrine Corro roda, “panelinha” Acera calçada
A lo mejor provavelmente, talve A la vez ao mesmo tempo Hallar encontrar


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